Palabras bonitasBullying.
Qué palabra más bonita, ¿verdad?
Me recuerda a
puenting, pero en macabro.
No voy a hablaros de cifras, de datos. Y no voy a hacerlo porque los datos son sólo eso: números aterradores. Voy a contaros mis experiencias personales, aunque peque de subjetiva. Porque me cabrea.
Parece que el bullying haya surgido de la noche a la mañana. Un día nos levantamos y, de repente, escuchamos una palabra nueva que, para más inri, está en inglés. ¿Por qué queda tan
cool decir las cosas en inglés? (nótese la ironía). Muy fácil. Los sinónimos en castellano nos hielan la sangre. Es más sencillo hablar de
bullying en las aulas que de matonismo, violencia, acoso, tortura, ¿cierto?
Sinceramente, hace un par de años no me cabía en la cabeza que pudiera existir algo así. Llamadme ilusa, inocente, empanada. He pasado toda mi vida en un colegio religioso concertado, y podría decirse que me he criado entre algodones, bien apartada del mundo real, ajena al pecaminoso mundo exterior.
Y no sabéis cómo me toca las narices.
Terminé cuarto de ESO, decidí que quería estudiar y me cambié a un instituto público. Y fue allí donde entré en contacto con el
bullying.
En mi clase había una chica que, con sólo mirarla, ya adivinabas que era la típica calladita y estudiosa. Además, se sentaba en la primera fila, hacía los deberes todos los días y levantaba la mano cada vez que preguntaban.
No hablé con esa chica hasta bien entrado el trimestre. No soy una persona demasiado sociable y tiendo a recluirme en mí misma. Pero no tengo el corazón de piedra. Advertí cómo la miraban. Los susurros llenos de sarcasmo y maldad a sus espaldas. Una de mis mejores amigas hasta la fecha hablaba fatal de ella. No la conocía, pero según ella, no hacía falta. Nuestra amistad se fue al traste.
Y entonces esa chica y yo nos hicimos amigas.
Hablábamos poco. Luego, más tarde, empezamos a juntarnos en los recreos. Teníamos muchos gustos en común, y nuestras charlas sobre Harry Potter eran épicas.
Cuando nos conocimos mejor...ocurrió. Un día me lo contó.
Desde que era pequeña, sus compañeros de clase se burlaban de ella y la rechazaban. Pensó que era porque sacaba malas notas. Le costaba estudiar, pero invirtió un esfuerzo enorme y su boletín pronto fu de los mejores de la clase. Todo siguió igual. Se deprimió. Llegaron los nervios, los ataques de ansiedad, los arañazos que se autoinflingía. Engordó.
Y así llevaba hasta ese primero de bachillerato. Yo estaba horrorizada. Le dije que pasara de ellos, claro. Eso era fácil. Pero también le dije que eso no era justo, no era normal, tenía que decirlo, denunciarlo, acabar con ello de una vez por todas. Y, si no lo hacía ella, lo haríamos sus amigas.
Se decidió y lo contó a la tutora. A partir de entonces, los profesores nos echaban charlas sin parar, hasta que todos se dieron cuenta de la canallada atroz por la que estaban haciendo pasar a esa chica que no podía ser mejor persona.
Más tarde llegaron las disculpas, unos tímidos "¿Me perdonas?" que murmuraban bajando la vista, avergonzados.
Y ella los perdonó.
Yo...no lo hubiera hecho. No hubiera podido.
Lo he contado de forma un poco novelada, pero es la verdad. Le amargaron la vida a una persona que lo único que quería era ser respetada. Y aún así hoy sigue nerviosa, poniéndose a la defensiva a la menor alerta.
No lo he sufrido en mis carnes, a pesar de que cumplo con todas las características. Soy tímida, solitaria, lectora, bajita, casi empollona. No estoy como un fideo, precisamente. Hubo un tiempo en el que usé ortodoncia. Y me pongo roja con nada que me digan.
He tenido suerte. Mis compañeros me respetan.
Pienso que el acoso escolar lo ejercen mentes degeneradas. ¿Se puede ser degenerado con diez años? Me consta que sí. Es muy fuerte, pero es así.
Y no me quiero enrollar tanto, pero otro tema que me revienta es el acoso al profesorado. Sólo os voy a poner un ejemplo que me llega muy de cerca. Mi madre es profesora. Este año tiene la tutoría de un cuarto de Primaria. Hace unos días, cuando volvió de trabajar, le pregunté: "¿Qué tal el día?". Su respuesta no pudo ser más lacónica: "Bien. Como siempre. Uno me ha llamado hija de puta y otro me ha pegado".
Diez años, señoras y señores.
Tiemblo al pensar qué no harán en plena adolescencia.
Y, mientras tanto, todo el mundo sigue llamándolo igual.
Disfrazándolo con palabras bonitas mientras cierran los ojos, se tapan los oídos y reparten compasión a su alrededor.
Siento haberos soltado este rollo, pero es que estaba realmente indignada.¡Pasad un buen fin de semana! ^^